Por: Alejandra Valdebenito/Columna de Opinión.
Como ciudadana y habitante de esta región, sé que las decisiones que tomamos en la vida —o que otros toman por nosotros— pueden marcar un destino para siempre. La noticia del cierre de las carreras técnicas y profesionales en el Campus Patagonia de la Universidad Austral de Chile, en Coyhaique, es una de esas decisiones que cambia trayectorias de vida, no solo para los estudiantes de hoy, sino también para generaciones completas de ayseninos.
No hablamos de cualquier institución. La UACh ha formado, por décadas, a centenares de profesionales que hoy sirven en nuestros hospitales, escuelas, empresas y servicios públicos. Ha sido un pilar silencioso del desarrollo regional y, por eso, su partida no es un dato más: es la pérdida de un espacio que daba sentido a la idea de descentralización.
Desde Valdivia, la rectoría justifica la medida por baja matrícula, competencia creciente, déficit financiero y recomendaciones de la autoridad reguladora. Pero como mujer de región, me cuesta entender cómo otras instituciones —algunas con menos historia y recursos— han logrado mantenerse y crecer aquí. El CFT Estatal de Puerto Aysén, por ejemplo, comenzó sin infraestructura propia y aun así se ganó la confianza de toda una comunidad. INACAP, con una estrategia clara, ha consolidado su presencia. La diferencia no está solo en los números: está en la convicción de quedarse y adaptarse al territorio.
El cierre de la UACh significa perder carreras pensadas para nuestra realidad. Significa que más jóvenes deberán dejar sus hogares para estudiar, con todo el costo emocional y económico que eso implica para sus familias. Y lo sé de primera mano: he visto madres y padres hacer enormes sacrificios para que sus hijos estudien fuera.
En Aysén sabemos lo que implica depender de decisiones tomadas a cientos de kilómetros, en oficinas donde muchas veces no se comprende nuestra geografía, nuestra economía ni nuestras necesidades. Por eso este cierre duele. Porque no se trata solo de una institución que se va, sino de un paso atrás en la construcción de un Aysén con igualdad de oportunidades frente al resto del país.
Aysén ha tenido que pelear históricamente contra el centralismo. Cuando una institución se va, difícilmente vuelve. La descentralización no se logra por decreto, con discursos ni promesas, sino con presencia real y con la convicción de que nuestra región merece las mismas oportunidades que cualquier otra.
Este episodio debería dejarnos una lección clara: el futuro de la educación superior en regiones extremas no puede depender únicamente de balances financieros. Porque si medimos todo solo en números, siempre ganará la centralización. Y eso, en Aysén, no nos lo podemos permitir.








