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Por Alejandra Valdebenito.

Siento que hemos cruzado un umbral peligroso. Lo que antes nos provocaba asombro, lo que nos indignaba o nos generaba un rechazo profundo, hoy pareciera que poco a poco lo hemos ido normalizando. Hablo de la violencia verbal que invade nuestras comunicaciones, de la violencia silenciosa que nace de la indiferencia, y de la violencia más brutal que golpea nuestras calles: asaltos, portonazos, el despreciable submundo narco, secuestros —un fenómeno nuevo para nuestro país— y homicidios cometidos por sicarios al más puro estilo de las mafias centroamericanas.

Mucho de esto es consecuencia del ingreso descontrolado de delincuentes que encontraron en Chile un terreno fértil, donde las leyes y la institucionalidad no han actuado con la fuerza ni la rapidez necesarias para poner un límite a la inseguridad y al enseñoreo de una delincuencia cada vez más agresiva y desafiante.

Aquí hay responsables, por deber y por misión institucional. Pero también, como sociedad, estamos al debe. Hemos permanecido observando, sin alzar la voz lo suficiente para reconocer que ya es momento de decir: hasta aquí.

Hasta aquí, cuando en nuestro país, entre 2023 y junio de 2025, han desaparecido 4.863 adultos mayores, en el más absoluto misterio.

Como matrona he recibido la vida en mis manos miles de veces, y por eso sé que el cuidado no termina en el primer llanto: cuidar la vida es protegerla hasta el último día. Y hoy, como país, estamos fallando en ese deber.